Anoche Cibeles, blanca y vacía.
Hollywood con una densidad de población inaguantable. Dentro, el ruido que expulsa la gente se hace más agudo. A mi izquierda, dos turcos con relojes caros hablan y ríen sonoramente. Uno me mira, apoyado en el ventanal, entre bocado y bocado. Detrás de mí, una extraña pareja que habla a voces con su hijo de apenas tres años que se está portando bien. Y jóvenes extremadamente maquillados de adultos y una chica con al menos cincuenta y tres pulseras. Más allá, una mujer elegante que ríe sin emitir sonido y su marido. Para ellos parece no haber nada más allá de su lenguaje de signos. Los envidio. El turco sigue mirándome y me pregunto qué puedo tener de significativo: vaqueros y jersey de cuello alto y vale, labios cherry shiny 101 de maybelline NY, pero yo no presto atención a esas cosas. Fútbol en la tele y eso me evade, ver las treinta y siete pulgadas llenas de verde.
La cena, como siempre, condimentada en exceso. Lo peor es que he elegido yo el restaurante. Entonces a él le dan la mesa contigua a la nuestra, entran los niños y él se sienta con vistas a la tele. Es la mejor opción, la que yo elijo siempre. Cruzamos miradas antes de sentarse, después de sentarse y mientras los niños deciden hamburguesa y patatas, un clásico.
En mi mesa hablan de un nuevo centro comercial, en la suya no sé de qué habla con sus hijos. Sonríe y luego hace ademán de atusarse el pelo y vuelve a girarse hacia mi mesa, donde sigo defendiéndome en mi salsa teriyaki. Alrededor, se mantienen las conversaciones vacías flotando sobre nuestras cabezas y el fútbol mudo sobre el césped que no logramos oler.
Pronto comenzará el vals y las mesas cambiarán, como en un juego eterno, de protagonistas. Pronto saldrás. Pronto saldré al frío y será lunes, martes, jueves y elegiré otro bar al azar.
Tú elegirás el tuyo. Y existirá una posibilidad entre un millón de volver a coincidir en el tiempo y en el espacio.
Mientras, imagino un final alternativo en el que cuando salgo, me acerco a tu mesa para anotar mi número en una de esas servilletas cuadradas y decirte que por qué no probamos a abandonar el ruido ajeno y que de verdad tenemos tiempo -previo fin del horario infantil- de comprobar de una vez por todas cómo las mujeres brillamos en la oscuridad.
Hollywood con una densidad de población inaguantable. Dentro, el ruido que expulsa la gente se hace más agudo. A mi izquierda, dos turcos con relojes caros hablan y ríen sonoramente. Uno me mira, apoyado en el ventanal, entre bocado y bocado. Detrás de mí, una extraña pareja que habla a voces con su hijo de apenas tres años que se está portando bien. Y jóvenes extremadamente maquillados de adultos y una chica con al menos cincuenta y tres pulseras. Más allá, una mujer elegante que ríe sin emitir sonido y su marido. Para ellos parece no haber nada más allá de su lenguaje de signos. Los envidio. El turco sigue mirándome y me pregunto qué puedo tener de significativo: vaqueros y jersey de cuello alto y vale, labios cherry shiny 101 de maybelline NY, pero yo no presto atención a esas cosas. Fútbol en la tele y eso me evade, ver las treinta y siete pulgadas llenas de verde.
La cena, como siempre, condimentada en exceso. Lo peor es que he elegido yo el restaurante. Entonces a él le dan la mesa contigua a la nuestra, entran los niños y él se sienta con vistas a la tele. Es la mejor opción, la que yo elijo siempre. Cruzamos miradas antes de sentarse, después de sentarse y mientras los niños deciden hamburguesa y patatas, un clásico.
En mi mesa hablan de un nuevo centro comercial, en la suya no sé de qué habla con sus hijos. Sonríe y luego hace ademán de atusarse el pelo y vuelve a girarse hacia mi mesa, donde sigo defendiéndome en mi salsa teriyaki. Alrededor, se mantienen las conversaciones vacías flotando sobre nuestras cabezas y el fútbol mudo sobre el césped que no logramos oler.
Pronto comenzará el vals y las mesas cambiarán, como en un juego eterno, de protagonistas. Pronto saldrás. Pronto saldré al frío y será lunes, martes, jueves y elegiré otro bar al azar.
Tú elegirás el tuyo. Y existirá una posibilidad entre un millón de volver a coincidir en el tiempo y en el espacio.
Mientras, imagino un final alternativo en el que cuando salgo, me acerco a tu mesa para anotar mi número en una de esas servilletas cuadradas y decirte que por qué no probamos a abandonar el ruido ajeno y que de verdad tenemos tiempo -previo fin del horario infantil- de comprobar de una vez por todas cómo las mujeres brillamos en la oscuridad.

1 commentaires:
Me ha encantado la descripción 360º congelada en el tiempo, que comienza a moverse cuando él entra en el restaurante. Me siento identificado con ese querer y no poder, que después me hace arrepentirme de no haber hecho algo capaz de cambiar el rumbo de los acontecimientos. Por cierto, tú seguro que brillas e iluminas la oscuridad.
Un beso.
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